El árbol, mágicamente.
Suspendía sus manzanas de oro
en el aire, sabia y raíces,
filamentos solares
aventaban tierra y piel,
concediendo su don a las sierpes,
su don al Príncipe:
el decir claridad de la herida,
sustento para mis vértebras
,
el desvelar ya de
los ojos, su luz.


Dijo el jabalí que
En verdad
se escuchó el grito
(desbandada de pájaros)
y ardió durante años la herida
con mi cuerno clavado al hueso,
lejos de cualquier retórica,
pero aprendiendo un idioma,
música real
en su garganta


Cuaderno de poesía

Redactado por Raúl Morales García el Viernes 12 Febrero 2010 a las 18:35


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