Ya incluso aquella noche, la noche que él tocó una pulgada de ella en la oscuridad, con qué sencillez pareció Avery aceptar los hechos: que estaban al borde de una felicidad para toda la vida y, por tanto, de un dolor ineludible. Era como si, mucho tiempo atrás, una parte de él se hubiera roto por dentro y ahora, finalmente, reconociera el peligroso fragmento que había estado flotando en el interior de su sistema, provocándole año tras año un dolor intermitente. Como si ahora, de ese dolor, pudiera decir: «Ah. Eras tú».

La cripta de invierno
Traducción: Eva Cruz

Invitados

Redactado por Raúl Morales García el Martes 16 Febrero 2010 a las 16:55